He leído —como muchos— afirmaciones provocadoras según las cuales “ha sido un error de la naturaleza haber creado al hombre, porque está destruyendo la Tierra”. También he leído que el ser humano ha atentado contra tres núcleos fundamentales: el núcleo de la familia, el núcleo de la célula y la fisión nuclear en la física. Estas observaciones, más que condenar al ser humano, colocan una pregunta ética de fondo: ¿cómo es posible que el mismo ser que desarrolla la ciencia y la técnica para mejorar la vida sea, al mismo tiempo, el principal depredador de su propia casa común? Esta contradicción es el punto de partida de la reflexión que sigue. El propósito es mostrar que hoy resulta indispensable una ética de la responsabilidad que ponga límites al poder tecnocientífico y que, al mismo tiempo, convoque a la conciencia espiritual de la persona, sea creyente o no. Para ello recurrimos a tres referentes que dialogan entre sí: la Teoría de la responsabilidad de Hans Jonas (1984), el Principio...