La advertencia de Hans Jonas
Hans Jonas parte de un diagnóstico: hay un vacío en los valores contemporáneos y, sin embargo, el poder humano sobre la naturaleza ha crecido como nunca. Por eso propone un imperativo nuevo, inspirado en Kant: “obra de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una auténtica vida humana sobre la Tierra” (Jonas, 1984). Es decir, el poder genera deber: si puedes hacer algo, debes hacerlo responsablemente. La ética ya no puede limitarse a las relaciones inmediatas entre personas; ahora debe considerar a las generaciones futuras, a las demás especies y al equilibrio de los ecosistemas. El texto lo dice con claridad: “hay responsabilidad individual y del Estado que favorezcan la presencia de nuevas generaciones… el hombre no es dueño de la naturaleza, sino su vigilante, administrador y cuidador” .
Jonas también señala que toda acción lleva en sí cinco elementos —intención, voluntad, actitud, medios y fines— y que el valor moral se decide en esa articulación. Por eso pide “que la ética frene voluntariamente al poder de la tecnociencia moderna, para que no nos lleve al desastre” . Esta es la primera gran idea del ensayo: no todo lo técnicamente posible es moralmente debido.
El peligro del tecnicismo sin freno
Jonas advierte que la tecnociencia actual no siempre está guiada por el bien común sino por “compromisos de consumo, comercio y política” . Bajo el lema baconiano de que “saber es poder”, se corre el riesgo de poner la investigación al servicio de la voracidad comercial y de los intereses político-económicos. Aquí el texto introduce un punto bioético muy actual: incluso en la manipulación genética y en ciertos usos de la biotecnología podríamos estar “creando un nuevo tipo de humano” sin haber previsto las consecuencias para la casa común y para las generaciones futuras .
Por eso el autor recupera la idea de una “sociedad fuerte” que sea capaz de imponerse límites, de frenar el consumismo y de regular el uso de la técnica: “aboga por una sociedad fuerte que puede actuar responsablemente… frente a un tecnicismo peligroso, sin freno” . Esta exigencia de límite es convergente con muchas discusiones bioéticas contemporáneas: no se trata de negar el progreso científico —que “ha liberado al hombre de una esclavitud a los caprichos naturales” y ha mejorado la salud y la vida social— sino de recordar que “una ciencia sin conciencia es fría y estéril” .
Ernst Bloch y la dimensión utópica
Para que la responsabilidad no se vuelva solo prohibición, el texto trae a colación el Principio esperanza de Ernst Bloch, “otro judío pensador y víctima del nazismo”, que soñaba con una sociedad más igualitaria en el disfrute de los bienes y, por lo mismo, menos violenta . Mencionar a Bloch sirve para decir: la humanidad puede autoimponerse un freno si tiene delante una imagen de futuro mejor. La responsabilidad, entonces, no es solo mirar hacia atrás para no dañar, sino mirar hacia adelante para hacer posible una vida más justa, sobria y compartida. Aquí el ensayo insinúa que la ecología verdadera tiene siempre una dimensión de esperanza, no solo de denuncia.
“Laudato si” y la casa común
Considero conveniente complementarlo con la Encíclica Laudato si’… sobre el cuidado de la casa común”. ¿Por qué este documento ayuda a pensar la responsabilidad? Porque el papa Francisco recuerda que “el hombre es habitante del planeta, pero no es su dueño” y que hemos dañado el suelo, el agua, el aire y a los seres vivientes “por nuestra irresponsabilidad en el uso que de ellos hemos hecho” .
Laudato si’ añade algo que Jonas no subrayó tanto: la dimensión de pertenencia mutua y de origen común de todos los seres. Esto obliga a una ética no solo de límites, sino de cuidado. Creyentes y no creyentes deberían leer y ejecutar este documento, porque la crisis ecológica no distingue credos.
La inteligencia espiritual como fundamento
Debemos apelar a la inteligencia humana, sobre todo su parte espiritual (la conciencia)… tan reiterada por muchos pensadores, entre ellos Viktor Frankl” ya que en ella el ser humano es capaz de autotrascendencia y de responsabilidad. Es justo ahí donde puede reconocer que no vive solo para el consumo presente, sino para algo o alguien que lo trasciende —Dios, el otro, las generaciones futuras, la misma naturaleza—. Por eso el llamado final no es solo ecológico, sino antropológico: si el ser humano vuelve a su centro espiritual, podrá recapacitar sobre el daño que está causando.
Conclusión
No se trata de “satanizar al progreso técnico y científico, ni caer en la ingenuidad de detenerlo por los perjuicios que la irresponsabilidad de su uso está causando”. La fórmula es más equilibrada y más bioética: “no todo lo que se puede hacer, se debe hacer”. La ciencia ha traído bienes incuestionables: mayor salud, más longevidad, posibilidades nuevas para el arte, la educación y la vida social. Pero precisamente por eso merece un acompañamiento ético que la haga humana. La responsabilidad, entendida al modo de Jonas, ampliada por la esperanza de Bloch y concretada por Laudato si’, es hoy una vía fecunda para ese acompañamiento. Y en el fondo, se trata de recuperar la “conciencia espiritual”: la certeza de que compartimos una casa común y de que alguien, en el futuro, recibirá las consecuencias de lo que hoy hacemos.
Dr. Enrique Argüelles Robles
Presidente del Colegio de Bioética de Zacatecas
Otoño 2025
Bibliografía
Francisco. (2015). Laudato si’. Sobre el cuidado de la casa común.
Jonas, H. (1984). El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica. Herder.
Bloch, E. (1959). El principio esperanza.
Frankl, V. E. (1991). La presencia ignorada de Dios / El hombre en busca de sentido


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