Desde los primeros grupos humanos sedentarios, surgió espontáneamente —y por vocación— la figura del médico-curandero (brujo, chamán, tlachixqui). Este ejercicio era un arte primitivo que se mantuvo durante siglos, hasta que, con el advenimiento de la Ilustración, comenzó a transformarse gracias al desarrollo de la ciencia. Hoy en día, el médico moderno es, ante todo, un científico: su actuar se guía más por la evidencia que por la intuición, y su subjetividad ha disminuido notablemente. Este avance ha traído beneficios, pero también ha dejado ciertos vacíos. El médico científico, práctico y eficaz, no siempre logra abordar de forma integral los aspectos espirituales o éticos de la relación médico-paciente, tales como la autonomía, la justicia o el consentimiento informado. En este contexto surge la bioética: no como un añadido innecesario ni como un simple “parche” ante los vacíos de la medicina moderna, sino como una disciplina esencial que promueve una relación más humana y conscien...
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