Desde los primeros grupos humanos sedentarios, surgió espontáneamente —y por vocación— la figura del médico-curandero (brujo, chamán, tlachixqui). Este ejercicio era un arte primitivo que se mantuvo durante siglos, hasta que, con el advenimiento de la Ilustración, comenzó a transformarse gracias al desarrollo de la ciencia. Hoy en día, el médico moderno es, ante todo, un científico: su actuar se guía más por la evidencia que por la intuición, y su subjetividad ha disminuido notablemente.
Este avance ha traído beneficios, pero también ha dejado ciertos vacíos. El médico científico, práctico y eficaz, no siempre logra abordar de forma integral los aspectos espirituales o éticos de la relación médico-paciente, tales como la autonomía, la justicia o el consentimiento informado.
En este contexto surge la bioética: no como un añadido innecesario ni como un simple “parche” ante los vacíos de la medicina moderna, sino como una disciplina esencial que promueve una relación más humana y consciente entre el personal de salud y los pacientes. La bioética clínica no es una moda pasajera ni una especialidad inoportuna; merece un lugar legítimo desde la formación académica hasta el ejercicio cotidiano de la medicina.
El médico de hoy se enfrenta a una carga de trabajo clínica considerable, lo que le deja poco tiempo para reflexionar sobre los aspectos éticos de su práctica. Sin embargo, para ejercer con integridad y responsabilidad, es indispensable que maneje con soltura los principios y postulados bioéticos. Si bien no es posible llevar siempre un manual en el bolsillo, sí es necesario tener presente el juicio ético en cada decisión.
La evolución de la medicina ha pasado del arte a la ciencia y de la ciencia a la técnica. Hoy, el paciente muchas veces es “escaneado” por una máquina o evaluado a través de costosos estudios de laboratorio, tanto en instituciones públicas como privadas. Este tecnicismo ha desplazado al arte clínico y ha reducido el contacto humano.
Además, los discursos sobre procedimientos con implicaciones éticas suelen generar confusión entre los profesionales de la salud, especialmente cuando no se explican con claridad los fundamentos teóricos ni las corrientes éticas que los sustentan. Esta desorientación se acentúa con la sobrecarga de información proveniente de redes sociales, medios de comunicación y otros canales, donde los mensajes suelen estar distorsionados por intereses políticos o económicos.
En este entorno, es fundamental distinguir entre lo ético —una reflexión racional sobre el bien actuar— y la moral, entendida como el conjunto de costumbres históricas y sociales. La ética requiere discernimiento, y ese discernimiento debe cultivarse y acompañarse.
Para afrontar los desafíos éticos en la práctica clínica, es imprescindible promover y consultar a los Comités Hospitalarios de Bioética (CHB) y a los Comités de Ética en Investigación (CEI), según corresponda. Estas instancias ayudan a determinar si estamos ante un problema ético o un dilema, distinción que es esencial para encontrar respuestas adecuadas.
Un problema ético suele tener una solución conocida, aunque requiere prudencia y razonamiento para su aplicación. En cambio, un dilema ético implica un conflicto entre dos valores de igual jerarquía, donde necesariamente uno debe ceder ante el otro.
Frente a este escenario cambiante, la bioética nos recuerda que la medicina no solo cura cuerpos, sino que también toca vidas. Incorporar la reflexión ética en cada acto clínico no solo enriquece la profesión médica, sino que dignifica al ser humano. Porque en la encrucijada entre la técnica y el sentido, es la conciencia ética la que guía con mayor certeza.
Escrito por el Dr. Enrique Argüelles Robles
Presidente del Colegio de Bioética

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